Thursday, January 14, 2016

Nuevo esquema de aseo para Bogotá: con muy pocas opciones

Nuevo esquema de aseo para Bogotá: con muy pocas opciones
Diego Fernández
El esquema de prestación del servicio aseo que monto y dejó el ex alcalde Petro es todo un desastre. No solo empeoró la calidad del servicio sino que creó una serie de cargas a la ciudad de las que difícilmente se podrá deshacer en el corto plazo, las cuales van desde más de 3000 nuevos “empleados públicos”, con todas sus garantías y cargas laborales que corresponden; un costoso esquema de reciclaje y aprovechamiento que no ha servido para casi nada (solo para garantizar pago a un grupo de recicladores seleccionado políticamente,  por volúmenes de reciclaje irrisorio); casi 100 mil millones de gasto en vehículos (entre alquiler y compra), muchos de los cuales ya no sirven y hasta enormes multas de parte de las Superintendencias (der Servicios Públicos y de Industria y Comercio), que si bien están por ahora bajo recursos de reposición, parece difícil que la ciudad se libre de ellas.

Sin duda alguna, como lo ha anunciado el alcalde Peñalosa ese esquema hay que cambiarlo. Pero si bien, como el afirmo “el sector público recogiendo basura es un desastre”, la salida del sector público distrital de la operación del servicio de aseo no parece fácil.

Para las zonas que actualmente no atiende “Aguas Bogotá” (el brazo del Acueducto de Bogotá a cargo del servicio de aseo), las cuales son servidas por contratistas privados mediante la modalidad de prestación de servicios, y que representa el 48% de la ciudad, la salida es relativamente fácil: se vuelve a montar el esquema anterior (operadores zonales exclusivos, con concesión a 8 años y responsabilidad integral por el servicio) o algo similar, incluyendo a los recicladores (puede ser con rutas exclusivas de reciclaje) como lo exige la Corte Constitucional.

Pero para 52% de la ciudad, que es atendido directamente Aguas de Bogotá, la cosa no está fácil: la simple entrega al sector privado como lo propuesto para las otras zonas, dejaría al Acueducto de Bogotá con una flota de carros viejos (pero con vida útil remanente) y miles de empleados, de los cuales no se podrá deshacer fácilmente –ni de los unos ni de los otros-.

Quedarse el Acueducto de Bogotá con los más de 100 carros recolectores que tiene y dejarlos podrir en sus parqueaderos, o feriarlos al mejor postor (muchos como chatarra), implicaría detrimento patrimonial al Distrito, un  festín jurídico para los Petristas que “pondrían a bailar con la más fea” al alcalde y a la gerente del Acueducto durante los próximos 4 años.

Y botar a los 3.000 empleados de Aguas de Bogotá, además de los enormes costos jurídicos y financiero que puede significar, también puede tener costos políticos enormes para el Alcalde Peñalosa.

Por lo anterior, parece que no se podrá sacar a Aguas de Bogotá del negocio del aseo en la ciudad de un solo golpe como es el deseo –totalmente razonable- del nuevo Alcalde.


Wednesday, January 06, 2016

LOS VEHÍCULOS NO DEBEN PAGAR IMPUESTOS… DEBEN PAGAR PRECIOS

LOS VEHÍCULOS NO DEBEN PAGAR IMPUESTOS… DEBEN PAGAR PRECIOS
Diego Fernández

Los impuestos existen fundamentalmente para cubrir los costos de la administración pública (la burocracia) y los costos de producción de los “bienes o servicios públicos”, pero entendidos estos últimos en su sentido económico y no en su sentido tradicional o coloquial.

Y es que desde el punto de vista económico los “bienes o servicios públicos” no son simplemente aquellos producidos por el Estado o aquellos usados masivamente por el público, ni tampoco aquellos servicios domiciliarios como energía o agua potable, que se suelen denominar popularmente como “servicios públicos”.

Para la economía, un bien o servicio es “público” cuando posee como características básicas: i) no tener rivalidad en el consumo y ii) no ser susceptible su exclusión (evitar el consumo gratis) a costo razonable. Por ejemplo, los servicios de cine o los servicios de clubes sociales son servicios sin rivalidad en el consumo: una película no se agota cuando una persona la “consume”, y queda disponible para que la “consuman” en forma simultánea otras personas. Igualmente, el uso que una persona da a la mayoría de los servicios en un club no se agota con ese “consumo”, pues permanecen disponibles para el uso de otros miembros del club.

Afortunadamente la inmensa mayoría de los bienes y servicios en la economía son privados, es decir NO son “bienes y servicios públicos”. Casi casi todos los bienes son rivales en su consumo: la comida que una persona consume, la ropa que viste o el celular que usa solo lo puede consumir, vestir o usar esa persona en un momento del tiempo, sin que lo pueda consumir, vestir o usar otra persona de manera simultánea. Y para muchos de los bienes o servicios que no tienen esa “rivalidad en el consumo”, los productores o vendedores han encontrado medios (a costo razonable) de evitar su consumo. Así, las películas se exhiben en salas cerradas, y los clubes fijan cuotas de afiliación para que solo quienes pagan la entrada o la afiliación puedan disfrutar estos servicios no rivales. La televisión por cable, el internet y Netfilx son otros ejemplos de servicios no rivales en el consumo, pero cuyos vendedores han ideado formas para impedir su uso gratis. Y aunque algunos consumidores logran violar esos mecanismos de exclusión, en general son un porcentaje bajo del mercado y los negocios pueden existir exitosamente con base en los precios.

Servicios como la justicia, la seguridad o el espacio público, son ejemplos clásicos de “bienes o servicios públicos” desde el punto de vista económico, sin rivalidad en el consumo y sin posibilidad real (o política) de poder excluirlos a costo razonable, por lo cual deben ser financiados por medio de impuestos. Y es un hecho que los servicios financiados con impuestos tienden a tener un uso mayor del racional, ya que quien los usa no percibe ninguna relación entre el pago realizado y el uso[1].

Las vías urbanas (calzadas y andenes) también se consideran un ejemplo clásico de servicio público, pues tradicionalmente se ha planteado la dificultad de evitar su uso por quienes no paguen por ello, y por tanto deben ser financiadas con impuestos.

Lo malo de los bienes o servicios financiados con impuestos es que, en general, el usuario individual no puede exigir una calidad específica por ese bien o servicio. Adicionalmente, en Colombia la Constitución establece que no pueden existir impuestos de destinación específica, y por tanto lo que pagamos por impuestos no tiene como destino un bien o servicio del que podamos exigir una calidad acorde con el pago realizado.

En el caso de los vehículos la situación es especialmente molesta, porque los propietarios de los carros que pagan altos tributos, ya sea directamente como impuestos a los vehículos o como sobretasa a la gasolina, quieren tener un buen servicio de vías, calles en buen estado y autopistas rápidas, pero parte de esos impuestos se dedican a financiar otros bienes y servicios, desde los relacionados con el transporte masivo hasta la seguridad, los parques, etc.

Nótese que el impuesto a la gasolina es muy parecido (un proxy) a un precio por el uso de las vías, ya que quien más gasolina consume es normalmente quien más distancia recorre en su vehículo, y por tanto parece un instrumento eficiente para cobrar por el uso de las vías; pero sigue siendo un impuesto que se mezcla en una sola bolsa con el resto de impuestos y no tiene, entonces, relación alguna con el servicio de vías prestado a los vehículos.

Ya en las vías no urbanas (autopistas departamentales y nacionales) se hace uso del esquema de precios: los vehículos pagan peajes, que son precios cuyo recaudo no hace “bolsa” con los impuestos nacionales o departamentales y se dedican casi exclusivamente para mantener en condiciones óptimas (o al menos aceptables) para su uso la vía sujeta a tal gravamen. Existen en la mayoría de esas vías contratos que establecen con claridad la calidad del servicio que se debe brindar a los usuarios a cambio del pago recibido, la cual estos pueden exigir judicialmente.

Es fundamental cambiar por un sistema de precios el arcaico esquema de impuestos de los vehículos en las zonas urbanas, para lo cual se debe hacer uso de los avances tecnológicos. No es posible colocar peajes urbanos generalizados, pero sí es posible que todo vehículo lleve un chip electrónico -que sea leído por sensores instalados en la ciudad- que registre su uso, como ya efectivamente se hace en las vías urbanas concesionadas de Santiago de Chile.

Si todos los vehículos en Bogotá tuviesen ese chip y una tarjeta de crédito asociada o una cuenta bancaria con un saldo mínimo (para garantizar el pago del servicio), sería posible cobrar un precio por kilómetro usado que se facturaría de forma electrónica cada mes a cada propietario. Así, claramente se creará un incentivo para el uso racional del vehículo y se podrían establecer  precios que garanticen los ingresos necesarios para cubrir los costos que ese uso genere, lo cual hará que la demanda y la oferta de vías se equilibren.

El precio por kilómetro podría –debería- ser diferenciado por tamaño y peso del vehículo,  de forma que para igual distancia recorrida, vehículos de mayor tamaño y peso realicen un mayor pago que reflejaría, así, el mayor uso (por espacio ocupado) que hacen de las vías y el mayor desgaste que su mayor peso ocasiona.




[1] Los consumidores usamos un bien o servicio hasta el punto en que el beneficio que nos brinda su uso (o consumo) sea igual al costo marginal de usarlo. Si este costo es cero (lo que sucede cuando es financiado exclusivamente con impuestos o cargos fijos), lo usaremos intensamente, hasta que su beneficio marginal sea cero.